viernes, 23 de enero de 2026

LÍNEAS Y CUERPOS


Cubos perfectos, conos altivos, pirámides que apenas zozobran, cilindros casi infinitos.
Cuerpos rectangulares de aristas exactas, tan precisas que repelen cualquier intento de línea.
Todos iguales.
Todos marrones.
Un marrón seco, sin matices, como la tierra cuando hace demasiado que no llueve.

Fue allí donde llegaron mis líneas.
No entraron de golpe: primero rodearon el espacio, dudaron.
Líneas torcidas, en bucles insistentes, flechas deformes que no buscaban llegar a ningún sitio.
Solo existir.
Curvas fuera de tiempo, hilitos de colores ásperos, chillones, cansados.
Parábolas vencidas que lloraban, en silencio, lágrimas de hipérbolas gastadas.

Pero los cuerpos siguieron firmes.
Marrones.
Exactos.
Sin un temblor.
¿Qué podía esperarse de un cuerpo geométrico?
No se mueve, no se ablanda, no se deja tocar.
Deformarse sería quebrarse, estallar como vidrio bajo presión.

Mis líneas comenzaron a rodearlos con paciencia, casi con ternura, cuando comprendieron que aquellos cuerpos tenían forma, pero no pulso; color, pero no matices.
Ellas venían de lejos.
De acantilados donde habían caído al vacío, arrastradas por vientos que les arrancaron el brillo, por huracanes que les robaron incluso alguna hebra de sí mismas.

Volvían a colorearse de a poco, pero estaban cansadas.
Fatigadas de tantas funciones exactas, de constantes que no cambian, de leyes que no sienten.
Y entonces decidieron algo distinto:
no rodear más, no insistir desde afuera,
sino entrar.

Tomaron impulso.
Subieron alto, como gaviotas que todavía creen en el mar, y regresaron en fila, vibrantes, temblorosas.
Entraron veloces en los cuerpos.
No para romperlos,
sino para llenarlos.

Allí dentro descubrieron algo inesperado:
calor.
Un calor denso, antiguo, guardado bajo capas de aristas y rigidez.
Donde parecía haber solo dureza, había abrigo.
Donde yo había visto solo forma, existía una materia que podía cambiar.

Mis líneas encontraron refugio donde antes solo había solidez.
Fue una epifanía lenta, casi dolorosa:
entender que incluso la roca más dura se transforma con el tiempo,
no por fuerza,
sino por la insistente caricia de las olas.

 


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario