Presencia imponente como esas figuras antiguas que custodiaban los umbrales
del mundo: ni dioses ni mortales del todo, hechos para sostener lo que otros no
podían cargar.
Te acercas a mí y mi interior
se aquieta.
No sos la ola que golpea la roca para demostrar su fuerza,
sos el mar cuando entiende que la orilla no es un enemigo
y avanza lento, respirando,
hasta tocarla sin herirla.
Ese hombre que no sabe reír.
Forjado en hierro, en fuego y en mandatos viejos como las montañas.
Hombres del pasado que aprendieron a tragarse el llanto
porque la emoción, decían, debilitaba el brazo
y la ternura ponía en riesgo la supervivencia.
Y yo, vendaval de emociones,
hija del caos y de la intuición,
quisiera entrar en vos
como quien desciende a una caverna sagrada
para leer las inscripciones antiguas de su propia historia
y comprender qué dolor quedó sellado bajo tantos candados.
Ese hombre tampoco sabe llorar.
Las pérdidas no pasan por él: se incrustan.
Son fragmentos de vidrio que estallan hacia adentro
y quedan clavados en un corazón que sigue latiendo
por pura lealtad al deber.
Nadie lo ve.
Porque al gigante se le exige sostener el cielo,
no inclinar la cabeza.
Él puede con todo.
Incluso con la indiferencia de la sangre de su sangre.
Incluso con el temblor secreto que le revuelve las entrañas
cuando esos ojos aparecen
y el aire se le escapa del pecho
como un animal asustado que no encuentra salida.
Y aun así, permanece inmóvil.
Porque así fue instruido:
no a vivir, sino a resistir.
No a sentir, sino a durar.
Nunca aprendió —porque nadie se
lo enseñó con amor—
que vivir no es resistir la tormenta
sino aceptar que también somos lluvia.
Que erramos, sí,
no porque deseemos dañar,
sino porque con las pocas herramientas que nos dieron
hacemos lo posible para no desmoronarnos.
Te invito, hombre gigante,
a que un día nos encontremos cuando pase un tren
y su estruendo nos cubra como un rito antiguo.
Que gritemos todo lo que guardamos
hasta que la voz se nos vuelva temblor
y el silencio, por fin, sea liviano.
Te propongo una noche de playa,
el cuerpo hundido en la arena fría,
seamos milanesas hechas de arena y cuerpo,
y reírnos como niños
antes de que el mundo nos pidiera ser fuertes.
Tengo más ideas.
Que hablemos de lo más triste
como quien nombra a los muertos para que descansen.
Que lloremos sin épica,
que juntemos en la yema de los dedos
las lágrimas más saladas
y prometamos que entre nosotros no habrá secretos
ni armaduras innecesarias.
Porque quizá, hombre gigante,
no viniste al mundo para sostener el cielo solo.
Tal vez también vos
merecías un lugar donde dejar caer la espada,
sentarte en la orilla
y aprender —tarde, pero a tiempo—
que vivir no es sobrevivir,
sino permitirse, al menos una vez,
ser humano
sin miedo.

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