lunes, 19 de enero de 2026

A ESE HOMBRE

 


Ese hombre de porte elegante,
el que al pasar roba miradas sin pedirlas.
El que conoció las mujeres más bellas
y aprendió a habitar el mundo con palabras justas,
con una calma que no necesitaba imponerse.
A él, mi destino indómito lo cruzó en mi camino
cuando yo todavía confundía vértigo con libertad.

Fuimos pareja, cómplices, amigos, amantes.
Nos encontramos en la respiración lenta de la música
y en el calor exacto del diálogo profundo,
ese donde el pensamiento se desnuda antes que el cuerpo.
Leímos con cuidado nuestras cicatrices,
como quien pasa los dedos por una grieta antigua
sin forzarla.
Supimos ser brisa cuando el alma aflojaba
y tormenta cuando el pasado reclamaba voz.

No siempre supimos entendernos.
Nos distanciamos.
Él me señalaba —sin alzar la voz—
a ese tercero que se sentaba entre nosotros:
una presencia líquida,
no siempre invitada,
capaz de cambiar el tono de mi risa,
el filo de mis palabras,
la forma en que mi mirada se volvía ajena.
No era un fantasma.
Tenía peso.
Tenía olor.
Tenía el poder de borrar, por horas,
a la mujer que él amaba.

Nunca me obligó a elegir.
Nunca usó la amenaza
ni el lenguaje del abandono.
No me dijo “o eso o yo”.
Habló con la paciencia de quien ama
y espera que el otro también se mire.
Fueron consejos claros,
repetidos con cuidado.
Y aun así, la paciencia se agota.

Hoy, después de sus silencios
y de los restos rotos de su espera,
lo entiendo.

Hoy somos como una roca frente al mar:
firmes, sin promesas que no podemos cumplir.
Una amistad sostenida
con la dignidad de lo que fue verdadero.
Pero su amor ahora habita otro cuerpo,
otra historia.
Tal vez una mujer más estable,
menos nocturna,
menos yo.

Y duele.
Duele como respirar aire frío con los pulmones abiertos.
Duele perder una voz grave que sabía calmarme,
un olor que era refugio,
unos ojos verdes donde podía quedarme
sin explicarme.
Duele porque hacía años que no encontraba un hombre
con quien pensar sin máscaras,
con quien desear sin huir,
con quien la intimidad no tuviera testigos incómodos.

Pero yo fui más
que mis excesos,
que mis desbordes,
que mis huidas.

Fui mujer soñadora y lúcida,
inteligente, incómoda,
carismática a mi manera.
Única.
Rara.
Distinta.
Capaz de amar con intensidad
y también de perderme cuando el dolor pedía anestesia.
Fui ternura y filo.
Claridad y ruido.
No solo la que se rompía,
también la que pensaba, sentía, creaba.

El tiempo, la soledad y la madurez
me enseñaron lo que entonces no supe cuidar.
Para nosotros ya es tarde.
Perdí su amor
y la paciencia que me ofreció sin condiciones.

Conservo su amistad
como se guarda algo frágil y verdadero:
con respeto,
con gratitud,
con la certeza de que no todo amor se queda,
pero algunos dejan una marca
que no se borra
ni cuando el silencio
aprende a pronunciar nuestro nombre.


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