El que ya eligió quién ser y cómo habitar su propia vida.
Cuántas lágrimas me costó comprenderlo. Lágrimas saladas, espesas, cayendo como lluvia lenta sobre una tierra que yo creía firme. Yo… creyéndome dueña de la verdad, administradora del sentido, arquitecta del destino ajeno. ¿Yo? Tan rota. Tan humana. Caminando descalza por acantilados, sintiendo el viento empujarme la espalda, siempre al borde del abismo, con la soberbia torpe de quien quiere ser juez para no mirarse las manos temblorosas.
Pero vos… ese hombre que un día decidió cargar con la tarea imposible de salvarme de mí misma. Hoy estoy a salvo. No porque no tropiece, sino porque aprendí a caer sin romperme. Tambaleo, sí, como tiemblan las ramas antes de volverse árbol. Me equivoco, como se equivoca el río cuando se desborda, y aun así encuentra su cauce. Mis aprendizajes son silenciosos: no hacen ruido, no piden testigos. Ya no me lastimo. Aprendí a quererme como se quiere a un animal herido: con paciencia, con cuidado, sin gritos. Perdono mis errores como quien recoge vidrios del suelo con las manos desnudas y, aun sangrando, sigue.
Callé la voz infantil que amenazaba desde adentro, esa que golpeaba las paredes del pecho pidiendo auxilio. Hoy hay calma. Nadie juega con mi amor porque mi amor ya no es un juguete. Yo me amo y, como puedo, me cuido. Me cubro cuando hay frío. Me doy agua cuando tengo sed. Acá ya no hay daño. Hay aire. Hay pulso. Hay una vida abierta esperando ser vivida a mi manera, torpe, luminosa, imperfecta.
Ya no me cuides. No me vigiles. No seas mi bastón. Soltate de este cuerpo viejo que caminó demasiados inviernos y que hoy, cansado pero en paz, aprende a sentarse al sol. Acepté tu vida y la dejé ir como se suelta un barrilete cuando el hilo ya no alcanza. No importa lo que elijas: sé que tus pasos encontrarán suelo. Y como siempre te dije, mi amor no cambia con el clima ni con las estaciones. No depende de tus decisiones. Vive intacto desde el primer latido, desde el instante exacto de tu concepción.
Estás libre de mí. Libre de mis juicios, de mis miedos disfrazados de cuidado, de mis errores acumulados como polvo en los años. No voy a apurarte. No voy a señalarte el camino. Voy a estar, como está la noche para quien necesita silencio, como está la casa encendida cuando alguien vuelve cansado.
Esto es amor.
Amor profundo, sin contratos ni condiciones.
No importa quién seas. No importa cómo vivas.
Siempre te amaré.
Y cuando lo necesites, estaré.

No hay comentarios:
Publicar un comentario