A veces llegás como un viento
tibio,
apenas un roce en la nuca,
un dedo distraído que levanta el polvo de mis cabellos
y me hace creer que nada va a pasar.
El aire huele a promesa recién abierta,
a fruta mordida sin culpa.
Otras veces irrumpís como un huracán sin nombre:
me doblás las rodillas,
me desordenás los pensamientos como papeles al fuego,
me apagás las luces por dentro
y quedo tendida en mi cama
con el cuerpo en silencio
y la cabeza llena de ruido.
Pero nunca llegás limpio.
Nunca llegás sin dejar marcas.
Entrás y algo se cae,
algo se rompe,
algo queda fuera de lugar…
aunque después te vayas.
Yo te abro la puerta sabiendo el costo.
Te sirvo la copa, bajo la guardia,
apago las alarmas del instinto.
Al principio todo es brillo:
la risa suelta, la piel liviana,
mi versión más audaz caminando sin miedo,
como si el mundo fuera una pista iluminada
y yo supiera exactamente dónde pisar.
Después llega el alba.
La luz cruda, sin música.
El cuerpo pesado, la boca seca,
la culpa sentada al borde de la cama
mirándome fijo.
El temor vuelve como un animal conocido
a recordarme lo que ya sé.
Hace años que repetimos esta escena.
Mil veces juré dejarte,
mil veces te creí.
Tenés esa voz que sabe mi nombre,
esas palabras que caen suaves
como manos en la penumbra,
esas promesas que suenan a refugio
aunque siempre terminen siendo intemperie.
Y cedo.
Siempre cedo.
Vos, alguien más,
una música espesa flotando en el aire,
las luces bajas,
el tiempo suspendido como humo.
Y yo entregándome
no por amor,
sino por olvido,
como una amante que sabe que no será elegida
pero igual se queda.
¿Te invitaré otra vez?
¿Apostaré otra noche
aunque me cueste la mañana siguiente?
¿Seguiré jugando a rozarte
como si no supiera
que cada encuentro me resta un poco?
Sos así:
inevitable,
hermoso,
letal.
Como la muerte
cuando se disfraza de placer
y te toma de la mano
sin apurarte.

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