Las gotas caen
sin pedir permiso.
Sobre el techo,
sobre el suelo,
sobre mí.
Cada una insiste,
dice algo
que no alcanzo a entender.
Un idioma antiguo,
ajeno.
¿Qué sabe el agua
que yo no sé
o no quiero saber?
El sonido se repite.
No consuela.
Afilado.
Torpe.
Atolondrado.
Certero.
Las gotas no caen:
se estrellan.
Se rompen.
Como el corazón,
que ya no late
sino que golpea.
Como la razón,
fisurada,
húmeda,
a punto de ceder.
Las gotas siguen.
Tontas.
Persistentes.
Crueles.
El ruido crece
hasta volverse un cuerpo
que ocupa todo.
Y al final
no queda el agua.
Queda
el hueco
que dejaste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario