viernes, 23 de enero de 2026

LÍNEAS Y CUERPOS


Cubos perfectos, conos altivos, pirámides que apenas zozobran, cilindros casi infinitos.
Cuerpos rectangulares de aristas exactas, tan precisas que repelen cualquier intento de línea.
Todos iguales.
Todos marrones.
Un marrón seco, sin matices, como la tierra cuando hace demasiado que no llueve.

Fue allí donde llegaron mis líneas.
No entraron de golpe: primero rodearon el espacio, dudaron.
Líneas torcidas, en bucles insistentes, flechas deformes que no buscaban llegar a ningún sitio.
Solo existir.
Curvas fuera de tiempo, hilitos de colores ásperos, chillones, cansados.
Parábolas vencidas que lloraban, en silencio, lágrimas de hipérbolas gastadas.

Pero los cuerpos siguieron firmes.
Marrones.
Exactos.
Sin un temblor.
¿Qué podía esperarse de un cuerpo geométrico?
No se mueve, no se ablanda, no se deja tocar.
Deformarse sería quebrarse, estallar como vidrio bajo presión.

Mis líneas comenzaron a rodearlos con paciencia, casi con ternura, cuando comprendieron que aquellos cuerpos tenían forma, pero no pulso; color, pero no matices.
Ellas venían de lejos.
De acantilados donde habían caído al vacío, arrastradas por vientos que les arrancaron el brillo, por huracanes que les robaron incluso alguna hebra de sí mismas.

Volvían a colorearse de a poco, pero estaban cansadas.
Fatigadas de tantas funciones exactas, de constantes que no cambian, de leyes que no sienten.
Y entonces decidieron algo distinto:
no rodear más, no insistir desde afuera,
sino entrar.

Tomaron impulso.
Subieron alto, como gaviotas que todavía creen en el mar, y regresaron en fila, vibrantes, temblorosas.
Entraron veloces en los cuerpos.
No para romperlos,
sino para llenarlos.

Allí dentro descubrieron algo inesperado:
calor.
Un calor denso, antiguo, guardado bajo capas de aristas y rigidez.
Donde parecía haber solo dureza, había abrigo.
Donde yo había visto solo forma, existía una materia que podía cambiar.

Mis líneas encontraron refugio donde antes solo había solidez.
Fue una epifanía lenta, casi dolorosa:
entender que incluso la roca más dura se transforma con el tiempo,
no por fuerza,
sino por la insistente caricia de las olas.

 


 

miércoles, 21 de enero de 2026

 ¿Se puede escribir el dolor, o el dolor se filtra en silencio entre palabra y palabra?

Yo no tengo una respuesta cerrada.
¿Vos qué pensás? Te leo en comentarios!!!!


 


Gotas afiladas

Este texto nació del sonido persistente de la lluvia y de una ausencia que no encuentra descanso.
Fue publicado originalmente en Medium.

👉 Leer el poema completo aquí: https://medium.com/@sandrabrinkworth/gotas-155ae60509ce

martes, 20 de enero de 2026

LA ESCUELA DE ATENAS

 

Arcos, columnas, escalinatas de mármol y cielo.
Testigos del peso dorado de los grandes pensamientos.
Hombres hechos de sentir y razón, caminando ideas,
forjando —casi sin saberlo— las bases de nuestro saber.

Rafael, con su pincel que piensa, logró lo imposible:
darle cuerpo a lo invisible.

Allí el aire no es aire: es pregunta.
Se respira sabiduría como se respira polvo antiguo.
Se respiran diálogos profundos,
miradas que discuten sin alzar la voz.

Se respira humanidad:
esa tensión eterna entre lo que somos
y lo que buscamos comprender

lunes, 19 de enero de 2026

A ESE HOMBRE

 


Ese hombre de porte elegante,
el que al pasar roba miradas sin pedirlas.
El que conoció las mujeres más bellas
y aprendió a habitar el mundo con palabras justas,
con una calma que no necesitaba imponerse.
A él, mi destino indómito lo cruzó en mi camino
cuando yo todavía confundía vértigo con libertad.

Fuimos pareja, cómplices, amigos, amantes.
Nos encontramos en la respiración lenta de la música
y en el calor exacto del diálogo profundo,
ese donde el pensamiento se desnuda antes que el cuerpo.
Leímos con cuidado nuestras cicatrices,
como quien pasa los dedos por una grieta antigua
sin forzarla.
Supimos ser brisa cuando el alma aflojaba
y tormenta cuando el pasado reclamaba voz.

No siempre supimos entendernos.
Nos distanciamos.
Él me señalaba —sin alzar la voz—
a ese tercero que se sentaba entre nosotros:
una presencia líquida,
no siempre invitada,
capaz de cambiar el tono de mi risa,
el filo de mis palabras,
la forma en que mi mirada se volvía ajena.
No era un fantasma.
Tenía peso.
Tenía olor.
Tenía el poder de borrar, por horas,
a la mujer que él amaba.

Nunca me obligó a elegir.
Nunca usó la amenaza
ni el lenguaje del abandono.
No me dijo “o eso o yo”.
Habló con la paciencia de quien ama
y espera que el otro también se mire.
Fueron consejos claros,
repetidos con cuidado.
Y aun así, la paciencia se agota.

Hoy, después de sus silencios
y de los restos rotos de su espera,
lo entiendo.

Hoy somos como una roca frente al mar:
firmes, sin promesas que no podemos cumplir.
Una amistad sostenida
con la dignidad de lo que fue verdadero.
Pero su amor ahora habita otro cuerpo,
otra historia.
Tal vez una mujer más estable,
menos nocturna,
menos yo.

Y duele.
Duele como respirar aire frío con los pulmones abiertos.
Duele perder una voz grave que sabía calmarme,
un olor que era refugio,
unos ojos verdes donde podía quedarme
sin explicarme.
Duele porque hacía años que no encontraba un hombre
con quien pensar sin máscaras,
con quien desear sin huir,
con quien la intimidad no tuviera testigos incómodos.

Pero yo fui más
que mis excesos,
que mis desbordes,
que mis huidas.

Fui mujer soñadora y lúcida,
inteligente, incómoda,
carismática a mi manera.
Única.
Rara.
Distinta.
Capaz de amar con intensidad
y también de perderme cuando el dolor pedía anestesia.
Fui ternura y filo.
Claridad y ruido.
No solo la que se rompía,
también la que pensaba, sentía, creaba.

El tiempo, la soledad y la madurez
me enseñaron lo que entonces no supe cuidar.
Para nosotros ya es tarde.
Perdí su amor
y la paciencia que me ofreció sin condiciones.

Conservo su amistad
como se guarda algo frágil y verdadero:
con respeto,
con gratitud,
con la certeza de que no todo amor se queda,
pero algunos dejan una marca
que no se borra
ni cuando el silencio
aprende a pronunciar nuestro nombre.


domingo, 18 de enero de 2026

HOMBRE

 



El que ya eligió quién ser y cómo habitar su propia vida.

Cuántas lágrimas me costó comprenderlo. Lágrimas saladas, espesas, cayendo como lluvia lenta sobre una tierra que yo creía firme. Yo… creyéndome dueña de la verdad, administradora del sentido, arquitecta del destino ajeno. ¿Yo? Tan rota. Tan humana. Caminando descalza por acantilados, sintiendo el viento empujarme la espalda, siempre al borde del abismo, con la soberbia torpe de quien quiere ser juez para no mirarse las manos temblorosas.

Pero vos… ese hombre que un día decidió cargar con la tarea imposible de salvarme de mí misma. Hoy estoy a salvo. No porque no tropiece, sino porque aprendí a caer sin romperme. Tambaleo, sí, como tiemblan las ramas antes de volverse árbol. Me equivoco, como se equivoca el río cuando se desborda, y aun así encuentra su cauce. Mis aprendizajes son silenciosos: no hacen ruido, no piden testigos. Ya no me lastimo. Aprendí a quererme como se quiere a un animal herido: con paciencia, con cuidado, sin gritos. Perdono mis errores como quien recoge vidrios del suelo con las manos desnudas y, aun sangrando, sigue.

Callé la voz infantil que amenazaba desde adentro, esa que golpeaba las paredes del pecho pidiendo auxilio. Hoy hay calma. Nadie juega con mi amor porque mi amor ya no es un juguete. Yo me amo y, como puedo, me cuido. Me cubro cuando hay frío. Me doy agua cuando tengo sed. Acá ya no hay daño. Hay aire. Hay pulso. Hay una vida abierta esperando ser vivida a mi manera, torpe, luminosa, imperfecta.

Ya no me cuides. No me vigiles. No seas mi bastón. Soltate de este cuerpo viejo que caminó demasiados inviernos y que hoy, cansado pero en paz, aprende a sentarse al sol. Acepté tu vida y la dejé ir como se suelta un barrilete cuando el hilo ya no alcanza. No importa lo que elijas: sé que tus pasos encontrarán suelo. Y como siempre te dije, mi amor no cambia con el clima ni con las estaciones. No depende de tus decisiones. Vive intacto desde el primer latido, desde el instante exacto de tu concepción.

Estás libre de mí. Libre de mis juicios, de mis miedos disfrazados de cuidado, de mis errores acumulados como polvo en los años. No voy a apurarte. No voy a señalarte el camino. Voy a estar, como está la noche para quien necesita silencio, como está la casa encendida cuando alguien vuelve cansado.

Esto es amor.

Amor profundo, sin contratos ni condiciones.

No importa quién seas. No importa cómo vivas.

Siempre te amaré.

Y cuando lo necesites, estaré.

 


EL INVITADO

 


A veces llegás como un viento tibio,
apenas un roce en la nuca,
un dedo distraído que levanta el polvo de mis cabellos
y me hace creer que nada va a pasar.
El aire huele a promesa recién abierta,
a fruta mordida sin culpa.

Otras veces irrumpís como un huracán sin nombre:
me doblás las rodillas,
me desordenás los pensamientos como papeles al fuego,
me apagás las luces por dentro
y quedo tendida en mi cama
con el cuerpo en silencio
y la cabeza llena de ruido.

Pero nunca llegás limpio.
Nunca llegás sin dejar marcas.
Entrás y algo se cae,
algo se rompe,
algo queda fuera de lugar…
aunque después te vayas.

Yo te abro la puerta sabiendo el costo.
Te sirvo la copa, bajo la guardia,
apago las alarmas del instinto.
Al principio todo es brillo:
la risa suelta, la piel liviana,
mi versión más audaz caminando sin miedo,
como si el mundo fuera una pista iluminada
y yo supiera exactamente dónde pisar.

Después llega el alba.
La luz cruda, sin música.
El cuerpo pesado, la boca seca,
la culpa sentada al borde de la cama
mirándome fijo.
El temor vuelve como un animal conocido
a recordarme lo que ya sé.

Hace años que repetimos esta escena.
Mil veces juré dejarte,
mil veces te creí.
Tenés esa voz que sabe mi nombre,
esas palabras que caen suaves
como manos en la penumbra,
esas promesas que suenan a refugio
aunque siempre terminen siendo intemperie.

Y cedo.
Siempre cedo.

Vos, alguien más,
una música espesa flotando en el aire,
las luces bajas,
el tiempo suspendido como humo.
Y yo entregándome
no por amor,
sino por olvido,
como una amante que sabe que no será elegida
pero igual se queda.

¿Te invitaré otra vez?
¿Apostaré otra noche
aunque me cueste la mañana siguiente?
¿Seguiré jugando a rozarte
como si no supiera
que cada encuentro me resta un poco?

Sos así:
inevitable,
hermoso,
letal.

Como la muerte
cuando se disfraza de placer
y te toma de la mano
sin apurarte.

 


viernes, 16 de enero de 2026

Cuerpos y líneas

 Cubos perfectos, conos altivos, piramides que zozobran, cilindros casi sin fin, cuerpos rectangulares de aristas perfectas que repelen cualquier línea. Todos de color uniforme. Todos marrones. Fueron ahí mis líneas de colores, líneas en bucles rumiantes, en flechas deformes que no van a ningún lado... Solo están. Líneas curvas desfasadas. Hilitos de colores chillones. Parábolas que lloran lágrimas de hiperbolas... Pero los cuerpos siguieron firmes y marrones... De aris


tas perfectas. No sé si mis líneas fueron viento o huracán. Solo se que fueron. San

jueves, 8 de enero de 2026

HOMBRE GIGANTE

 


Presencia imponente como esas figuras antiguas que custodiaban los umbrales del mundo: ni dioses ni mortales del todo, hechos para sostener lo que otros no podían cargar.

Te acercas a mí y mi interior se aquieta.
No sos la ola que golpea la roca para demostrar su fuerza,
sos el mar cuando entiende que la orilla no es un enemigo
y avanza lento, respirando,
hasta tocarla sin herirla.

Ese hombre que no sabe reír.
Forjado en hierro, en fuego y en mandatos viejos como las montañas.
Hombres del pasado que aprendieron a tragarse el llanto
porque la emoción, decían, debilitaba el brazo
y la ternura ponía en riesgo la supervivencia.

Y yo, vendaval de emociones,
hija del caos y de la intuición,
quisiera entrar en vos
como quien desciende a una caverna sagrada
para leer las inscripciones antiguas de su propia historia
y comprender qué dolor quedó sellado bajo tantos candados.

Ese hombre tampoco sabe llorar.
Las pérdidas no pasan por él: se incrustan.
Son fragmentos de vidrio que estallan hacia adentro
y quedan clavados en un corazón que sigue latiendo
por pura lealtad al deber.

Nadie lo ve.
Porque al gigante se le exige sostener el cielo,
no inclinar la cabeza.

Él puede con todo.
Incluso con la indiferencia de la sangre de su sangre.
Incluso con el temblor secreto que le revuelve las entrañas
cuando esos ojos aparecen
y el aire se le escapa del pecho
como un animal asustado que no encuentra salida.

Y aun así, permanece inmóvil.
Porque así fue instruido:
no a vivir, sino a resistir.
No a sentir, sino a durar.

Nunca aprendió —porque nadie se lo enseñó con amor—
que vivir no es resistir la tormenta
sino aceptar que también somos lluvia.
Que erramos, sí,
no porque deseemos dañar,
sino porque con las pocas herramientas que nos dieron
hacemos lo posible para no desmoronarnos.

Te invito, hombre gigante,
a que un día nos encontremos cuando pase un tren
y su estruendo nos cubra como un rito antiguo.
Que gritemos todo lo que guardamos
hasta que la voz se nos vuelva temblor
y el silencio, por fin, sea liviano.

Te propongo una noche de playa,
el cuerpo hundido en la arena fría,
seamos milanesas hechas de arena y cuerpo,
y reírnos como niños
antes de que el mundo nos pidiera ser fuertes.

Tengo más ideas.
Que hablemos de lo más triste
como quien nombra a los muertos para que descansen.
Que lloremos sin épica,
que juntemos en la yema de los dedos
las lágrimas más saladas
y prometamos que entre nosotros no habrá secretos
ni armaduras innecesarias.

Porque quizá, hombre gigante,
no viniste al mundo para sostener el cielo solo.
Tal vez también vos
merecías un lugar donde dejar caer la espada,
sentarte en la orilla
y aprender —tarde, pero a tiempo—
que vivir no es sobrevivir,
sino permitirse, al menos una vez,
ser humano
sin miedo.


martes, 30 de diciembre de 2025

EL CICLO DEL VIENTO Y LA RAÍZ


Se fue… sí, finalmente ocurrió. Se marchó como esas brisas sutiles que apenas despeinan el musgo y mecen las copas de los fresnos, pero también como esas tempestades eléctricas que lo desordenan todo, hasta los rincones más quietos del pensamiento.

Yo me quedé allí, habitando mi propia terquedad y mi inocencia, con las emociones vibrando a flor de piel; siendo tan yo, tan vidrio soplado a punto de estallar en mil astillas ante el menor susurro. Lo observaba todo desde mi refugio de silencio. A veces reaccionaba —pocas veces, a decir verdad—, pero siempre me mantenía en un estado de vigilia mental, aunque las conclusiones llegaran tarde, después de trazar laberintos de colores y bucles infinitos en el cielo de mi cráneo.

Y así, con los ojos bien abiertos, lo presencié todo.

Vi siluetas que llegaron y se desvanecieron como humo. Vi rostros que echaron anclas y aún permanecen. Vi a quienes, tras entregar el alma, se convirtieron en escarcha silenciosa y se marcharon hacia el olvido. Vi a otros que simplemente soltaron mi mano. Y entre todos ellos, distingo una presencia que veo crecer día a día; alguien que ya tiene el plumaje listo, pero que aún no ha batido sus alas para reclamar el cielo como un gran águila.

También me encontré conmigo mismo. Me vi llorar y me otorgué el permiso del llanto. Dejé que las lágrimas rodaran como gotas de plomo afilado, clavándose con un sonido seco en el suelo. Pero esas gotas no tenían nombre ajeno; caían por mí. Eran el tributo de un cuerpo en metamorfosis, rodando por pura inercia hacia una nueva piel.

Pero también reí. Reí hasta que el pecho me dolió de tanta vida. Fui feliz con los fantasmas y los ángeles que me habitan.

Este ciclo que acaba de expirar, este número que se tacha en el calendario, ha sido el suelo fértil de mi mayor madurez. No tengo dudas: seguiré expandiéndome como un árbol antiguo, estirando las ramas hacia lo incierto hasta que el destino me pida volver, finalmente, a la paz de mi raíz.

Ahora, con el aroma de la tierra mojada en el aire, miro con esperanza el horizonte de lo que vendrá.

 

sábado, 18 de octubre de 2025

 “Echar culpas es una forma sutil de negarse a sí mismo: quien no reconoce sus errores se excluye del aprendizaje y del crecimiento.”

NO DECIR

 




El viento, como un secreto antiguo, se lo susurra al oído.
El mar embravecido, con cada ola que estalla contra el acantilado, lo grita en la oscuridad de la noche.
Los cristales de su copa rota, esparcidos como luciérnagas muertas sobre el suelo frío, dibujaron sus iniciales.

El nombre de ese ser oscuro, aquel que le arrebató la vida a su amada, estaba allí, expuesto como una herida abierta.

¿Por qué él calla?
¿Por qué él lo carga como si fuera su culpa?
¿Por qué el no quiere decir su nombre, si la sombra ya lo reclama?



jueves, 16 de octubre de 2025

LOS INMORTALES

 



Siempre ilesos y jocosos tras las batallas, iban de cantina en cantina, dejando a su paso charcos de sangre reseca y cristales rotos que crujían bajo sus botas. Insistían en que Dios había muerto, siendo ellos superhombres.

Desde las sombras, un dios sucio y harapiento, con ojos blancos de ceguera y labios agrietados que rezumaban pus negro, los observaba, restregándose las cayosas manos llenas de barro y despojos humanos. Su aliento olía a carne podrida y humo de calderas infernales.

Los sátrapas inmortales seguían así sus líos, entre risas ásperas y gruñidos guturales, sin inmutarse por nada: ¿qué podría preocuparles? Entre ellos se reflejaban cráneos rotos, vísceras colgando de paredes húmedas y murciélagos de ojos brillantes que colgaban del techo.


Cientos de días vagaron hasta que, en una cantina sucia, plagada de cucarachas gigantes y moscas que zumbaban sobre charcos de bilis, encontraron un espejo peculiar. Al mirarse, vieron sus almas: viejas, inmundas, putrefactas, cubiertas de llagas abiertas, envueltas en humo negro y hedor de condena. Sus rostros se deformaban en gritos silenciosos mientras sus sombras se retorcían en las paredes como serpientes de ceniza. Quisieron morir. Lo intentaron. No pudieron. ¿Fueron castigados por su inmoralidad?

BUCLE

 




En esta mañana calurosa de primavera, las olas turbulentas de la vida golpean mi orilla como bestias cansadas y, apenas rozan mi arena, huyen despavoridas hacia el fondo del mar. Me dejan rodeada de un silencio espeso, como un manto de polvo viejo que se adhiere a la piel del alma. La arena —seca, sorda, obstinada— se niega a crujir bajo mi peso, como si también ella hubiera renunciado a existir.
Espero ansiosa la próxima ola, esa que alguna vez me traía frescura, compañía o aunque sea el roce fugaz de otra presencia. Pero no llega. Se pierde en algún océano lejano. Se disipa en minutos que se desangran, en horas que duelen, en meses que pesan como piedras húmedas sobre el pecho. Así es mi soledad: muda, hueca, interminable… como un cuarto sin puertas ni ventanas, donde hasta el eco se ha exiliado.

Dicen que la soledad es buena, que purifica, que enseña. No conocen la mía. En mi mente danzan voces invisibles: algunas florecen como un jazmín en la oscuridad, pero otras rumian como animales encerrados, repitiendo sus pasos en círculos, desgastando la tierra del pensamiento. Siempre me arrastran al mismo pantano: al tedio, a la sinrazón, al absurdo, al vacío.
Cuando las olas tardan demasiado, quisiera huir de mi cabeza como quien escapa de una casa en llamas. Me refugio en banalidades, en ruidos sin alma, en tareas inútiles que anestesian el tiempo hasta dejarlo muerto, rígido, inservible. Pero al final, el bucle me abre la puerta como un carcelero paciente y me recuerda, con fría perfección, la dimensión exacta de mi soledad.

Las horas se derriten, los días se marchitan, las estaciones se suceden con indiferencia, y los años se deslizan como hojas secas que nadie barre. Nada me sacude hasta la raíz. Sobrevivo. Miro. Respiro como quien flota en un sueño ajeno. Observar sin juzgar se ha vuelto mi modo de permanecer: quizás para aprender del mundo desde afuera, tal vez para amar sin ser vista.

Me siento en la punta de una montaña detenida en el tiempo. El mundo gira, se enciende, grita, ama, cae y vuelve a levantarse, pero yo permanezco quieta, como una piedra antigua que ya no recuerda quién la talló. Mis pensamientos, esos pájaros desbocados, chocan contra mi cráneo como si fuera un farol sin luz perdido entre la bruma.

Y aunque no lo digo en voz alta, lo presiento: algún día, todo este ruido interno, toda esta danza hueca de sombras y palabras no dichas, se apagará de golpe. No habrá ola que regrese, ni arena que escuche, ni montaña que me sostenga. Solo el silencio final, ese que no se retira… ese que lo devora todo.

 


miércoles, 15 de octubre de 2025

A ESTA EDAD

 




Que mi cabello insiste en volverse plata,
que mi rostro y mi cuerpo se entregan, dóciles,
al imán oscuro de la gravedad,
que la pasión de la juventud se ha vuelto brasa quieta,
no importa: que me quiten todo.

Pero —por ese dios que no existe—
que la memoria no me desgaste el pulso de las palabras.
Ellas, las que respiran en mi sangre
como animales dormidos que sueñan con despertarme;
las que se enredan en mis huesos
como raíces aferradas a un árbol enfermo;
las que sostienen mi pensamiento
como un puente sobre un abismo sin fondo.
Imposible pensar sin palabras.

Son ellas las que me empujan a escribir
poemas, cuentos, historias, sentires;
las que me atraviesan como lanzas encendidas
y me dejan el corazón sangrando y agradecido.
Esas: mis palabras.
Las amadas. Las veneradas.
Las que me habitan como pájaros en una jaula de carne,
golpeando las costillas para no morir ahogadas.

Y cuando ya no pueda pronunciarlas,
hilvanarlas o escribirlas,
cuando las sílabas se me deshagan en la boca
como ceniza en una corriente de aire,
que el fuego del infierno —ese infierno que tampoco existe—
me trague entera,
antes de condenarme al silencio.
Que me queme con una sola palabra aún viva en la lengua:

Fin.

martes, 14 de octubre de 2025

CIELO DE FUEGO Y ARENA MOJADA

 




Aquel verano de tantos años atrás,
el sol me ardía por dentro con tu mirada,
con el roce de tu piel dorada
y tu voz varonil, profunda y tenaz.
La pena que me llevó a vacacionar allí
se borró apenas tus ojos me rozaron,
ojos que en mi juventud soñaron
antes incluso de verte venir.

Y así corrían los días, lentos y encendidos,
bajo un cielo de fuego y arena mojada;
nuestros cuerpos, en sombras entrelazados,
bebían el néctar de besos prohibidos.
Promesas de siempre, palabras aladas,
sin contar las horas ni mirar el calendario,
como si el mundo entero y su horario
se rindieran al latido de nuestras miradas.

El verano de nuestro amor fue como un sueño
del que no quería despertar,
pero la vida no es un sueño,
y el tiempo sigue adelante.

Ciegos fuimos al filo del adiós,
y el verano se extinguió sin clemencia;
el último beso llegó con su dolencia,
y el viento lo guardó, callado testigo de los dos.
Las promesas de un mañana se dijeron
con labios temblorosos, en voz quedada,
mas nunca florecieron en la alborada:
como semillas de humo en el aire murieron.

Aún guardo ese beso de despedida,
como una rosa seca entre mis memorias,
como un relámpago suave que no olvida
la sombra tibia de nuestras historias.
Y todavía busco tu mirada perdida
entre ojos cansados y gestos sin luz,
con la esperanza de hallar, tras tanta cruz,
el destello azul que mi alma anida.

.



EL ARTESANO Y LA VIDENTE

 



Bajo la fortuna de la runa Fehu nació Eirik, joven artesano de la madera. Sus manos parecían tocadas por los dioses: todo lo que tallaba cobraba alma. Animales, ancianos, niños, criaturas míticas… cada figura tenía un latido secreto escondido en las vetas del roble y el fresno.

Era armonioso con sus pares y con la naturaleza. Dulce, comprensivo, piadoso. Los ancianos lo honraban, los niños lo seguían, los animales del bosque no le temían. Muchas jóvenes lo admiraban en silencio, pero él no había conocido aún el amor humano.

O tal vez sí.

Eirik estaba enamorado de su propia obra: una figura femenina tallada con devoción. Una joven de piel pálida, labios pequeños y mirada perdida en un mundo invisible. Sostenía entre sus manos una jaula vacía, y vestía un sencillo ropaje que rozaba el piso de madera. La había soñado incontables noches. Incluso la había buscado entre los árboles cercanos a su aldea, como si la hubiera recordado de otra vida.

Una tarde de bronce y sombras largas, Eirik se internó en el bosque en busca de madera. Llevaba su hacha como se lleva un compañero de ruta. Tras un espeso corredor de pinos, llegó a un claro cubierto de hojas húmedas y aire de misterio. Allí, el corazón le dio un vuelco.

Ella estaba allí.

Exactamente como la había tallado: la piel clara como leche de luna, los labios menudos, la mirada altiva y herida, y la jaula vacía en sus manos. La luz se filtraba entre los árboles como cuchillos dorados, y un viento frío movía su cabello como un presagio.

—Tú no me viste aquí, joven artesano —dijo ella con voz leve pero firme, como el filo de una daga envuelta en terciopelo.

—Soy Eirik —respondió él, con temblor y certeza—. Y te amo. Siempre te amé, aun antes de nacer.

Ella inclinó apenas el rostro, sin sorpresa.

—Lo sé. Mi runa es Perthro. Soy Sigrún, hija del destino oculto. Veo lo que otros ignoran. Pero debes saber por qué estoy aquí.

Sus ojos se velaron un instante, como si recordara una herida:

—Mis padres guardaban en esta jaula dos pájaros bellísimos. Lloraban en su encierro. No soporté escucharlos más. Robé la jaula y huí al bosque para liberarlos. Como yo soy libre, ellos debían serlo también.

Eirik sintió una mezcla de admiración y desgarro.

—Piadosa Sigrún, si vuelves a tu hogar, serás castigada sin piedad.

Ella alzó la mirada, y por un instante, pareció que un cuervo blanco cruzaba el cielo encima de ellos.

—Lo sé. Pero es mi destino.

Eirik dio un paso hacia ella, el crujido de las hojas bajo sus botas sonó como un juramento.

—Te ofrezco mi hogar. Mi techo, mis manos, mi nombre. No volverás sola a ningún lugar.

Sigrún lo observó con una mezcla de ternura y sombra. Entonces, algo cambió en el aire. Los árboles dejaron de moverse. Hasta el viento contuvo la respiración.

Desde lo profundo del bosque resonaron pasos, cascos o botas, no estaba claro. Voces ásperas, respiraciones agitadas. Habían venido por ella.

—Encontraron el rastro —susurró Sigrún—. No hay escondite cuando el destino ya decidió.

Eirik se colocó delante de ella como un muro vivo.

—Entonces que me encuentren a mí también.

Ella sonrió con dolor y destino:

—No. Tú naciste bajo Fehu: estás hecho para crear, no para morir hoy. Yo soy hija de Perthro, y todo lo oculto debe revelarse alguna vez.

Antes de que él pudiera hablar, Sigrún tomó sus manos y las posó sobre la jaula vacía.

—Tallaste mi cuerpo antes de conocerme. Ahora tendrás que tallar mi ausencia.

Una rama se quebró a pocos pasos. Gritos. Hierros. Perros.

Sigrún, sin temor, se internó hacia las sombras, entregándose a lo que la llamaba. Eirik quiso correr tras ella, pero sus piernas se anclaron al suelo como raíces viejas.

La última imagen fue su cabello perdiéndose entre la niebla y el óxido de los troncos.

Cuando la noche cayó, Eirik regresó a su taller. La figura tallada seguía en su mesa, pero la jaula entre sus manos ya no estaba. Las astillas que alguna vez fueron barrotes yacían en el suelo, como huesos quebrados.

Y el bosque, desde lejos, parecía respirar su nombre.

 

EL VOCÁN SALVAY

 



 Era el CEO de una compañía de multimedios. Poseía el conocimiento, la destreza y la inteligencia necesarias para ocupar aquel puesto. Además, era un hombre de porte distinguido: bien parecido, de modales precisos, con una cortesía que abría puertas y despertaba admiración. Pero dentro de sí habitaba un volcán dormido, un fuego en reposo que ante la injusticia comenzaba a latir, encendido, rugiendo por salir.
Sabía contenerlo. Su vida entera era un ejercicio de dominio: gestos medidos, palabras exactas, emociones encerradas bajo llave.

El Director de Operaciones, su mano derecha y persona de absoluta confianza, era un hombre que aparentaba simpleza, conformidad y compañerismo. Su serenidad inspiraba respeto. En él, Salvay veía las virtudes que más valoraba: la prudencia, la calma y, sobre todo, la lealtad.

Durante años funcionaron como un engranaje perfecto: él, la mente; Ibáñez, el movimiento silencioso que hacía girar la estructura. Pero nadie imaginaba lo que se gestaba en el interior del hombre tranquilo. Bajo la máscara de fidelidad, Ibáñez tejía su sombra. Manipulaba con paciencia de araña, moviendo los hilos invisibles que un día harían caer al propio Salvay en su trampa.

Cuando el plan se cumplió, todo se derrumbó con una rapidez devastadora. Bastaron unos días para que la empresa, su nombre y su orgullo se vinieran abajo. El poder que lo había sostenido se desvaneció como ceniza entre los dedos.

Ibáñez ignoraba que aquel hombre cortés y mesurado llevaba en su pecho un volcán contenido por años. Y que la traición, esa herida sin forma, sería la chispa. Fue un golpe tan cruel que su alma se astilló como vidrio. La injusticia le ardió por dentro, encendiendo cada rincón de su cuerpo. Despertando su sombra mas oscura, la ira.

Esa noche, solo, recostado en el amplio sillón del living, Salvay dejó de contener el fuego. No gritó, no lloró. Simplemente dejó que el volcán despertara. Las paredes comenzaron a temblar, el aire se volvió espeso, el silencio se transformó en brasa.

Cuando los bomberos llegaron, la mansión era un infierno de llamas y humo. Lograron apagar parte del fuego, pero no hallaron ningún cuerpo, ningún rastro. Solo un charco de lava aún hirviente en medio del salón.
Una lava que, pese al agua, seguía viva, respirando como si esperara volver a arder.

EL DIA DESPUÉS

 


Desperté con un dolor que no cabe en el cuerpo. Un dolor que cruje en los huesos, que se arrastra por la sangre como veneno espeso. Es mío… y también es el que provoqué. Volví a caer en el mismo abismo tejido con mis propias manos, en esas trampas que conozco de memoria pero igual piso, como quien se empuja al vacío con los ojos abiertos.

¡Qué tormento indescriptible! ¿Cómo se reconstruye un cristal que hice explotar en mil fragmentos afilados? No existen palabras que puedan recoger los pedazos. No hay perdones capaces de suturar lo que astillé. Las frases que dije quedaron marcadas en su corazón como hierro candente, quemando todo lo que tocaron.

Mis palabras fueron dagas lanzadas con precisión mortal. Se clavaron hondo, atravesaron piel, carne, historia, sueños. No se pueden arrancar: ya dejaron grietas, ya tiñeron de rojo lo que era claro. Estallé como un vitral arrojado desde una torre, y cada trozo de mi furia cayó sobre la persona que amo. Sin justificación, sin pausa, sin misericordia.

¿Quién podrá devolverme un respiro sin espinas? ¿Dónde se esconde la alegría ahora que todo sabe a ruina? Yo soy mi propio carcelero y mi sentencia. Me impuse un castigo que no conoce piedad: caminar entre los restos punzantes de lo que destruí, descalza, con el alma abierta, sabiendo que fui yo quien encendió la explosión.

sábado, 11 de octubre de 2025

EL CELULAR

 


Recostada plácidamente en el sillón del living, como si mi cuerpo flotara en un estanque tibio, dejaba que el pulgar viajara sin rumbo por una fila interminable de videos en el celular. Las imágenes desfilaban como fuegos fatuos: sonrisas de utilería, cuerpos fabricados, promesas con brillo de plástico. De pronto, algo cruje adentro mío. Salgo de mi trance y miro la hora: dos horas evaporadas en silencio, como humo invisible. No aprendí nada, no me estremecí, no fui más feliz. Solo me dejé arrastrar por un torbellino de luces que no iluminaban nada.

Quedé quieta, en un silencio que dolía como eco. Pensé que no quería regalar mi vida así, a pantallas que mastican el tiempo. Reconocí lo que me costaba admitir: estaba aburrida. Y aun así tenía mil puertas abiertas para habitar algo verdadero.

Me levanté y caminé hasta el comedor. La notebook esperándome, abierta como un animal dormido. El cursor titilaba en un documento vacío, parpadeando como un corazón débil, recordándome que también yo había estado vacía esas dos horas. Me senté. Entonces la mente, como si despertara de golpe, empezó a desplegar alas. Imaginé mundos, nombres, voces, heridas, ciudades que no existen y personas que quizá sí. Una de esas historias se me acercó como quien susurra un secreto al oído, y me invitó a escribir.

No sé cuándo el silencio se volvió música. No sé cuándo mis dedos empezaron a correr por el teclado como si tuvieran memoria propia. Había un vértigo dulce, una fiebre, un latido. Las palabras caían como luciérnagas sobre la noche blanca de la pantalla.

Hasta que el timbre irrumpió como un disparo en medio de un sueño. Parpadeé. Volví a la sala, al mundo con polvo, calle y timbre. Miré la hora: habían pasado cuatro horas. Cuatro horas que no se habían ido, se habían transformado. En ese tiempo viajé, lloré, amé, conocí criaturas imposibles y verdades que tal vez eran mías. Todo había ocurrido en mi cabeza… y también en la pantalla.

El celular seguía sobre el sillón, apagado, quieto. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí que el mundo estaba allá adentro. Lo tenía, entero, acá.

viernes, 10 de octubre de 2025

OTHILA

 Reto de Lidia Castro Navas: https://lidiacastronavas.com/2025/09/01/escribir-jugando-septiembre-25/

  1. Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta.
  2. En tu creación debe aparecer la runa: Othila
Opcional:

Que aparezca en la historia algo relacionado con esta flor de Saint Germain: Lotus Magnolia.


Sentado ancestralmente en su sillón, mi abuelo evocaba vivencias de sus antepasados. Yo lo observaba, absorto. Historias nórdicas de guerreros templados, mujeres de familia, hombres sabios, se desplegaban como tapices dorados ante mis ojos.

Parecía haber nacido bajo la influencia de la runa Othila, reflejada en su estabilidad y unión familiar. Siempre lucía una flor de loto de magnolia en el bolsillo de su impecable saco, cuya esencia parecía protegerlo y guiar su espíritu. Nunca conocí un hombre tan sereno, tan profundo, cuyo silencio contaba más que mil palabras y cuyas raíces abrazaban sus antepasados con calma y nobleza